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Helena Rubinstein

Creadora de la cosmética moderna

 

 

 

Chaya Helena Rubinstein nació el 25 de diciembre de 1872 en Cracovia (Polonia), en el seno de una familia judía. Fue la mayor de las ocho hijas de Hertzel Naftali, comerciante de huevos, y Augusta Gitte, ama de casa que después daría a luz a Pauline, Rosa, Regina, Stella, Ceska, Manka y Erna. Obligada por su padre a estudiar Medicina, a finales del siglo XIX Helena emigró a Australia para huir del matrimonio concertado que le habían preparado sus padres tras dejar los estudios. Tras un larguísimo y penoso viaje en barco, llegó a casa de una prima suya en Coleraine, un remoto pueblo australiano donde trabajó de sol a sol en la tienda de ultramarinos de su pariente. Pero lo realmente importante de su llegada al lejano continente fueron los 12 tarros de crema que su madre le había metido en el equipaje para que cuidara su delicada piel del tórrido clima austral. Era un ungüento de almendras, hierbas y extracto de la corteza de abeto de los Cárpatos que, según explicaba ella misma, elaboraba un químico húngaro para la actriz polaca Helena Modjeska, amiga de su madre. Trabajadora incansable y ahorradora hasta casi lo patológico, Helena reunió dinero suficiente para irse a Melbourne, donde trabajó como niñera de los hijos de un diplomático. Su piel tersa y suave llamó la atención de las mujeres de la alta sociedad que pasaban por aquella casa, a las que la aridez del clima provocaba un prematuro envejecimiento. Enérgica, entusiasta y segura de sí misma, Helena aprovechaba para hacer publicidad de su crema, que empezó a vender como rosquillas. Decía que se la enviaban de Europa, pero lo cierto era que ella misma la preparaba en la cocina de su casa con productos locales. Con todo, la crema se hizo tan popular que, al poco, abrió en Melbourne el que sería el primer centro estético del mundo, al que llamó Crème Valaze en honor al nombre de su cosmético. Allí, la joven Rubinstein asesoraba a las mujeres australianas -a principio de siglo no tenían derecho a voto y vivían en una sociedad en la que sólo se maquillaban las actrices y las prostitutas- sobre cómo cuidar su piel. "Todas tienen derecho a estar guapas y a maquillarse", solía decir esta mujer de apenas 1,47 metros, que se convirtió en abanderada de la lucha por la igualdad.

 

En apenas dos años, el negocio iba viento en popa y, en 1905, viajó a Europa para estudiar los tratamientos de la piel, siendo la primera que determinó los tres tipos de pieles femeninas -normal, seca y grasa- y el tratamiento adecuado para cada uno. Fue, también, pionera en desarrollar productos de protección solar. "Las quemaduras de sol son el suicidio de la belleza", aseguraba. Asimismo, sacó al mercado el tónico facial, la crema de noche y las mascarillas contra el acné.

 

Casada en Londres con un periodista de Estados Unidos

 

En 1908, su hermana Ceska se unió a ella para ayudarla en el negocio y Helena viajó a Londres para abrir un salón de belleza en la capital británica, primer paso para crear una compañía, y se casó con el periodista norteamericano Edward William Titus, con el que tuvo dos hijos: Roy Valentine (1909) y Horace (1912). Tras el nacimiento del segundo, la familia se trasladó a París donde abrió un nuevo salón. Pero, tras estallar la Primera Guerra Mundialen 1914, Helena y su familia se marcharon a Nueva York. Este dato sería pieza clave de su éxito mundial y de una rivalidad que mantendría toda su vida con otra empresaria del secto: la canadiense Elizabeth Arden. En 1915, madame Rubinstein, como se la llamaba, abrió la Maison de Beauté Valaze en Nueva Yorl y, al poco tiempo, asistió a la apertura de nuevos institutos de belleza en San Francisco, Filadelfia, Boston, Los Ángeles, Washington y Toronto (Canadá). A principios de los años 20 viajó al incipiente Hollywood para enseñar a estrellas de la época como Theda Bara y Pola Negri a usar el maquillaje que potenciaba su imagen "vamp". A medida que sus salones se extendían por medio mundo, crecía la guerra con Arden. Las dos rivales se espiaban y se robaban mutuamente fórmulas para productos y técnicas publicitarias. El odio que se profesaban era tal que en una ocasión, cuando le explicaron a Rubinstein que Arden había estado a punto de perder un dedo al darle de comer a uno de sus caballos, comentó con maldad: "¿Y qué le pasó al animal?"

 

Helena superó con éxito el crack bursátil del 29, pero descuidó a sus hijos e ignoró las infidelidades de su marido hasta que, harta ya, se divorció en 1938. A los pocos meses, conoció en una fiesta al príncipe ruso Artchil Gourielli-Tchkonia, 23 años más joven que ella. Se casaron y aquel segundo matrimonio le permitió frecuentar las fiestas de la alta sociedad, donde trabó amistad con los artista más relevantes de la época.

 

 

 

 

El dinero la obsesionaba

Negociadora nata, consiguió los mejores contratos con la industria, pero estaba tan obsesionada con el dinero que, incluso en los mejores momentos, cuando ya era multimillonaria, recorría sus salones apagando las luces, al tiempo que murmuraba: "¡Es tan cara la electricidad!" . Su tesón e investigaciones dieron lugar a productos como la máscara de pestañas con cepillo interior, el maquillaje a prueba de agua y la cosmética para hombres. Además, inculcó en sus clientas que, para estar guapas, tenían que hacer ejercicio, dejar de fumar y seguir una dieta adecuada. "¡No hay mujeres guapas, sólo hay mujeres perezosas!", decía en una de sus frases más célebres.

 

En los años 30, convertida en una de las mujeres más ricas de América, invertía su fortuna en obras de arte, joyas -algunas provenientes del tesoro de Catalina la grande- y mansiones en Europa y Estados Unidos (llegó a tener hasta cinco), aunque su residencia favorita era su espléndido ático en Nueva York, donde daba reuniones a las que asistía la flor y nata de la clase alta neoyorquina. En 1953, creó la Fundación Helena Rubinstein para causas médicas y altruistas porque "mi fortuna proviene de las mujeres y debería beneficiar a ellas y a sus hijos para mejorar su calidad de vida". También ayudó a los judíos del Estado de Israel después de la II Guerra Mundial. Mujer emprendedora, vitalista e ingeniosa, siempre se arrepintió de no haber dedicado más tiempo a sus seres queridos, de ahí que declarara en alguna ocasión que "he dado a mis hijos toda la comodidad y dinero que un ser humano puede recibir pero, ¿les he dado suficiente de mí misma? Creo que no".

 

Al frente de su imperio hasta el día de su muerte

En 1955, se quedó viuda y, tres años más tarde, su hijo Horace falleció en un accidente de coche. Estos dos acontecimientos la hundieron psicológicamente, pero no impidieron que siguiera llevando las cuentas de su vasto imperio internacional -14 fábricas y más de 40.000 empleados- hasta su fallecimiento, el 1 de abril de 1965, a los 94 años. Helena designó como heredera a su sobrina Mala, que al poco vendió la empresa a Colgate-Palmolive y esta firma, posteriormente, la revendió a la multinacional L'Oréal, propiedad de la francesa Liliane Bettencourt, considerada la mujer más rica del mundo.

 

 

 
 

 

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